miércoles, 31 de diciembre de 2014

Chau Tristeza de la Ciudad


He de confesar, que retomar algo que se tiene abandonado, trae consigo una serie de sensaciones extrañas con respecto a la obstinación de no darse por vencido. Quizás se trate de rutina, de ese lugar que a mí nunca me ha sabido tan mal; o puede que en todo caso, se trate de nostalgia, de ese espacio muerto que sobrevive en todo lo que a uno le rodea. Después de todo, este blog nació como un acto de pertenencia, y fue testigo silencioso de gran parte de mi vida, de los libros, del soundtrack de la semana, de los encuentros, desencuentros y también de una serie de despedidas que tanto jodieron mi existencia.

            Creo que nunca me propuse despedirme del todo de este blog a pesar de lo abandonado que lo tenía. Supongo que de eso se trata la vida, de joder lo que uno más quiere, de jugársela por nada, por la simple y vana emoción de creer perdido algo, para solo recuperarlo con mayor intensidad, a pesar de que dicha intensidad solo se trate de una tenue luz apagándose. Es la pulsión tanática, hubiese contestado hace un par de años atrás, cuando todavía era capaz de  dármela de duro.

            Después de todo, es imposible resistirse a una despedida. Esto de quedarse quieto, mientras todo se va alejando rápidamente de uno. Por lo que he decidido despedirme de este blog, de la única manera en cómo he aprendido despedirme de todo lo que he ido perdiendo en esta vida, de la única forma que conozco para lidiar con la mierda acumulada. Sobre todo ahora, que la escritura ha dejado de ser esa cuestión catártica, para convertirse en otro de los pesares del día a día.

            Así que esta despedida retrasada, acumuladora de otras tantas despedidas, se vuelve  pesada, innecesaria entre tantas palabras innecesarias que he venido alimentando durante estos últimos años en este espacio. Pienso precisamente en esas otras palabras, algunas mucho más alegres, más necesarias, y que sin embargo, nunca tuve el valor de escribirlas. Palabras como la muerte de mi tía Bertha, el anhelo de la niñez, los hijos de mis amigos, la sola frustración que causa el movimiento continuo ante el punto estático, desde donde era incapaz de observarme, desde donde era incapaz de observarla. Pienso también en mi amigo Joster, en aquella tarde remota hace diez años, cuando compartimos aquellos tragos silenciosos junto a su padre. Recuerdo haber hablado de mujeres, de la ex señorita que se metió con aquel profesor, de la chica nueva con la que estaba saliendo, sobre las historias que escribiríamos y que prometimos intercambiar, porque a pesar de que hasta aquel momento, no habíamos sido los amigos que merecíamos ser, ambos habíamos aprendido a respetar lo que veníamos haciendo. Pienso en el pastel de plátano, en María Agripina, en la Pucallpa que me invitó a conocer, y que tras su muerte, me he negado llegar a ella. Pienso también en esa otra mañana que nos vimos, en la última mañana que nos vimos. La guitarra desafinada, en los gatos de bronce, y en el viaje que ambos emprenderíamos aquella misma noche. Supongo que diez años es mucho tiempo, como para seguir albergando este tipo de recuerdos, y sin embargo no puedo dejar de preguntarme la clase de amigos que ahora seriamos, de las borracheras que hubiésemos compartido, en lo mucho que me gustaría conversar en estos momentos agrios contigo. Tantas palabras que pudimos decirnos, y que ahora se limitan a un triste párrafo de despedida sin sentido.

            Tantas otras palabras que debí haber escrito, como aquella chica que conocí y que dejé de ver por esta manía mía por dejar que las cosas fluyan. Ella y su enamorado que tan bien me caía, en el pequeño muñeco que me regaló con frases en francés, en el libro de Marito, en su amiga, una pésima poeta a la cual trataba de alimentar con lecturas nuevas. Pienso también en esa otra amiga, la fotógrafa que solo me escribe, cada vez que su enamorado se marcha a su tierra en  cada feriado largo. Cuyo silencio, motivado por celos absurdos que   en verdad entiendo, nos ha ido alejando paulatinamente.

            Pero también pienso en aquel hijo de puta que me hackeo mi primer blog, en ese otro hijo de puta que me creo un face falso, en ese otro hijo de puta, enfermo mental que me dedicó post innumerables  en su blog, en donde no solo me judía a mí y a mis amigos, sino también a mi familia. Aquel pobre imbécil que se computa, uno de los tantos hijos bastardos de Bukowski,  y al cual tengo la esperanza de encontrarlo cualquier día de estos para sacarle la mierda. Definitivamente debí dedicarles más palabras a todos estos hijos de puta que se encargaron de joderme la existencia.

            Sobre todo pienso, que debí dedicarle por lo menos un post a mi Mustang. Al capricho que me ha traído dolores de cabeza, pero también satisfacciones de estar acompañado realizando la ruta de Salaverry – San German. Que debía haber escrito sobre el Dodge del año 74 de mi abuelo, de las movilidades que le hacía a los Pasteles Verdes, en lo mucho que me hubiese gustado hablar con él  sobre los carros americanos, sobre los motores grandes y costosos.

            Finalmente pienso en ella, en Lucía, en los incontables sábados azules y los interminables domingos sin tristezas cuando despertaba a lado de ella. En lo mucho que me hubiese gustado seguir escribiendo de ella, en los otros post escritos indirectamente a ella, en el flaco Spinetta, en los soundtrack de la semana que me motivó a dedicarle, sin dedicárselos abiertamente. Supongo que después de todo, así son de jodidas las despedidas. Despedirme de este espacio sin hablar de ella, sería absurdo, y sin embargo nos hemos dicho tanto, con palabras y sin ellas, que contaminarla con las mismas palabras sería realmente absurdo. Después de todo, nos queda el centro de Lima, la habitación 302, sus lágrimas comiendo una pobre hamburguesa por la avenida San German, mi cama echa un desastre, el polvo, la ventana abierta, Gastón y su inefable excitación cada vez que la veía llegar desde la ventana.
            Así que supongo que esto es todo, chau jodido 2014, chau Tristeza de la Ciudad. No fue bueno, pero indudablemente pudo ser mejor. Al igual que la Joshe, yo también doy por parchada esta ventana.

jueves, 4 de septiembre de 2014

En el juego de la vida, Lima: Azul Editores, 2012, 74pp.


Hablar del primer libro de un autor siempre suele ser una tarea complicada, pues muchas veces es difícil hallar el punto exacto, en donde un primer libro deja de ser un buen intento de aprendizaje y se convierte en un proceso intrascendente que deja buenos momentos. Entonces, ¿qué cosa se puede decir y que no cuando hablamos sobre un primer libro? probablemente sea este tipo de contrariedad lo mejor que puede dejar un primer libro, el simple hecho de no saber muy bien cómo empezar sin dejar de rodear las primeras palabras propiamente dichas. Este es el caso de: “En el juego de la vida” primer libro del joven narrador Daniel Abanto.

            El libro en mención, es un libro de cuentos (10) de distinta valía,  en los cuales se desarrollan distintos tópicos como: la oralidad, la pendejada, el papel del intelectual, la búsqueda de identidad,  etc. Es probable que la primera característica con la que uno se encuentra con el libro de Daniel Abanto, es el gen de la oralidad, pues todos sus cuentos, con excepción de Amores perros y El secreto de Jony, son narraciones autodiegéticas pero cuya características principal no es solo el hecho de tratarse de ese tipo de narración, sino de que dicho narrador maneja un código oral típico de las calles[1], del “pendejo”, del “bacán”, pero cuya mayor ambición es que dicho narrador, bien podría tratarse de un mismo narrador o al menos de una especie de continuidad  narratológica perceptible a lo largo  de los cuentos. En dicha estructura podríamos hallar por ejemplo: al chico del colegio, (Una tarde, La nota en juego) la  etapa de universidad, (Posición adelantada, Corazón de poeta, El pago, Con sabor a albaricoque) y la etapa  de la búsqueda de trabajo (Pasajeros capitales).

La etapa del colegio

Sin bien es cierto que todos los cuentos tienen distintos hilos conductores; oralidad, lugar, sexualidad, son precisamente en estos dos cuentos, en donde se puede apreciar   la continuidad del narrador, independientemente de la diégesis propia de cada uno de los mismos. En ellos, el medio en el que se desarrolla la estructura narratológica  es el colegio, pese a que los acontecimientos de los mismos, al menos los más importantes, se desarrollan fueran de él, en una clara contraposición entre colegio y calle,  en donde pareciera ser la última la culpable o la salvadora de los personajes. En el caso de Una tarde es en el parque del avión[2] en donde se desarrollará el desenlace sangriento: “Entre chistes, los cuatro caminamos conversando en dirección al parque del Avión – lugar ideal para pichanguitas-, muy relajados como si nos fuéramos al estadio o a un tono. (p.15), mientras que en La nota en juego el desenlace se encuentra en la casa del profesor de matemáticas: “Mira, antes de llegar a la Biblioteca Municipal que está por Amancaes, la casa verde que ves ahí, al costado hay un edificio despintado. En uno de los departamentos vive Colchado. (p. 19)  en ambos cuentos, pese a que las calles del Rímac cobran una importancia inusitada, son los compañeros de colegio los que se convierten en  los conductores de la diégesis. Mientras que en el primer cuento, es una pelea de colegio llevada a cabo por  Mirko (el hermano celoso y protector) que termina mal, en el segundo es Montañez, el “pendejito” quien va en búsqueda del profesor de matemáticas para que lo apruebe en su curso. Ambos cuentos terminan bajo el signo de la fatalidad, con cierto grado de ironía que será denominador común del libro de Daniel Abanto.              

La etapa de la universidad

Lo que denomino los cuentos que giran en torno a la universidad,  tienen como elemento denominador el tema sexual. La traición y el cuerpo de la mujer como voz femenina son recurrentes; ya sea a través de la novia de su amigo, en las putas de la avenida Colmena, o en Rebeca la chica de antropología que tiene una obsesión con los preservativos de sabor albaricoque. De todos aquellos cuentos, probablemente sea Corazón de poeta el cuento que más se acerca al mundo universitario, y en donde las calles del Rimac son cambiadas por las calles del centro de la ciudad, específicamente por Colmena y  Quilca. Pero sobre todo, es el cuento en donde el narrador pareciera  entender su identidad buscada, en los cuentos anteriores, a través de la conversación que tiene con un compañero de estudios, sobre el poeta Alberti. Lo interesante del cuento, y probablemente lo mejor del mismo, es la manera en cómo una aparente conversación literaria va filtrándose de a pocos, en la propia experiencia personal del narrador:

A vega le encanta hablar cuando camina por la calle…El frio se hace más agudo, levanto las solapas de mi casaca jean – gastada por seis inviernos-. Vega sigue hablando del libro, pero no presto atención. Me interesa más la historia del autor. Liberti era un gran pendejo y Lima le quedaba chiquita. (p. 42)

            El narrador, Daniel, se convierte en una especie de pasajero a través de las calles que se encuentran entre la universidad (Colmena) y Quilca (el boulevard de la cultura), y en donde Danilo, su compañero que va a vender el libro de Alberti, se convierte en esa especie de Caronte que a mitad de la travesía (las “chelas” propuestas), pide su parte del pago: “Propuse que en la conversa hablara más de Liberti, pero esta vez del poemario. Aceptó con la condición de que yo le hablara sobre Janet, quería caerle. Sonreímos cómplices y entramos al bar” (p.45).        

La etapa del trabajo

Si bien, el elemento laboral es tocado en el cuento: El pago, es en el último cuento, en donde el tema se desarrolla  más ampliamente. Pasajeros capitales, lleva el famoso acápite de Dante entrando al infierno[3] como una clara relación de lo que es la ciudad de Lima. Este cuento, no solo concluye el libro, propiamente hablando, sino también cierra la continuidad del narrador, que dejó atrás las aventuras del colegio, el término de la carrera de literatura, y que en esos momentos se ve en la disyuntiva de dictar clases en una academia o hacer taxis en un viejo Volkswagen. Sin embargo, también es la ciudad la que ha  cambiado, ya no solo  son las calles de la adolescencia, ni de la universidad, ni de los hostales, sino también es la ciudad del tráfico, de la falta de dinero, de la soledad.

            El papel del taxista instruido, un elemento cultural muy de los 90 y que ha sido explotado muy poco, es el medio por el cual el narrador inicia su odisea por sobrevivir. El cuento gira, básicamente por situaciones hilarantes y contradictorias, en donde las diferencias de clases sociales, la mala suerte y el hambre son los elementos para hacer de la ironía, pese a la derrota constante, lo más representativo del cuento. 

Al final, regresé a mi cuarto en el Rimac, fui a la refrigeradora y busqué una manzana… saqué algunas conclusiones. Quizás, la más importante era que esta ciudad es un laberinto ruinoso, un pus irreversible, un cigarro ya fumado, una chapita destapada y perdda entre el polvo y la indiferencia de una calle.  (p. 73)

Ahí tuve una revelación nada divina y bastante humana mientras mordía un trozo de manzana helada: Sí, la felicidad en una ciudad como Lima todavía es posible. (p.74)

Por otro lado

Por otro lado, los cuentos de Daniel Abanto, los que no se encuentran relacionados en el esquema mostrado,  e inclusive algunos de los mencionados, carecen en gran medida de ciertos errores de estructura, inclusive con la propia oralidad que se plantea. En el cuento Una tarde, por ejemplo,  hay dos diálogos que muestran dicha contrariedad. Por un lado se encuentra la palabra “ynovaser” en donde queda claro la oralidad de la calle a través de la escritura, pero por otro lado se encuentra la palabra: “¡Conchatu…!” dando a entender la palabra oral, pero no es escrita. Algo similar ocurre en el cuento La nota en juego   cuando el narrador en vez de hacer referencia a la clase de literatura, dice: «lite» contraponiéndose  a la oralidad, y haciendo referencia entre aquellas comillas.

            Sin embargo las deficiencias en estructura no solo se encuentran en la interferencia, sino también a la diégesis misma. En el cuento: Posición adelantada, Rebeca la novia de Manolo, que engañó a su novio con el narrador pide conversar con Manolo en medio del partido de la selección, sin embargo dicha conversación nunca se da, concluyendo el cuento sin dar mayores explicaciones del caso. Algo similar ocurre en  Amores perros, en donde el protagonista Lorenzo, en un intento de suicidio fallido y tras una depresión al ver frustrados sus ansias de ser escritor, abandona a su mujer y termina adoptando un perro callejero, pero el problema surge cuando luego de que su mujer logra convencerlo de que vuelva con ella,  nos enteramos de que el fondo histórico es el de la época del terrorismo. El gran error del cuento, pese a compartir un final muy similar con el primero, es que el perro que adopta Lorenzo, y del cual el narrador heterodiegético  se ocupa durante varias páginas, desaparece sin dejar rastro alguno.           En  El secreto de Jony  el cuento se torna inverosímil, no  por la propuesta diegética planteada (Jony es telépata) sino por el desarrollo de la misma, por los actos realizados  con su poder secreto, pero sobre todo por los hechos dejados de realizar.

            En conclusión, y volviendo al inicio de la reseña, En el juego de la vida  es un primer libro con una propuesta interesante, pensado desde el conjunto, puesto que comparte líneas estéticas con el neorrealismo urbano desarrollado en las últimas décadas en la narrativa peruana, y con el cual también comparte falencias a nivel de estructura, pero sobre todo a nivel de fondo, con cierta carencia de ambición en varios cuentos que pudieron ir a más,  pero que acabaron de manera precipitada, al punto que algunos de ellos, podrían ser considerados como simples anecdotarios. Un primer libro para tener recomendado, y para estar atentos a las próximas publicaciones que Daniel Abanto prepare.  



[1] La mayoría de los cuentos transcurren en el centro de Lima, específicamente en el Rimac.
[2] Lugar emblemático del distrito del Rimac.
[3] ¡Oh, vosotros, los que entráis,  donad toda esperanza!

jueves, 28 de agosto de 2014

Teoría de la literatura: RESTOS

Teoría de la literatura: RESTOS
Editorial San Marcos. Lima, 2012, 245 pp.
Hablar sobre la teoría literaria en nuestro medio suele ser un asunto espinoso, esto, en gran medida, debido al rechazo que sostiene cierto sector de lectores y escritores motivados, generalmente, por el desconocimiento, y también, en parte, por nuestro voluntario enclaustramiento al interior de un ambiente meramente disciplinar: en una especie de metáfora extraña, digna de Simeón el Estilita. Es por ello que la propuesta expuesta por Javier Morales (compilador) en Teoría de la literatura. Restos (Editorial San Marcos, 2012) se convierte un punto de retorno que nos invita a reflexionar sobre la crisis de la teoría literaria y, al mismo tiempo, de las humanidades en general, agravada en estos tiempos extraños en que vivimos: entre la inmediatez informática, las interacciones virtuales y un marcado distanciamiento caótico con respecto al otro.
 
Es precisamente ante estas crisis que responde Teoría literaria…; las externas, que se tornan agresivas y, en muchos casos, inhóspitas y baldías para este tipo de desarrollos; y, sobre todo, para las internas, en la que nos hallamos inmiscuidos, y en la que existe cierta tendencia a la inercia de no discutir sobre la leche derramada (si es que la fue). Los artículos recopilados por Morales Mena, apelan a romper, justamente, dicha inercia, a darle cierto dinamismo a los engranajes teóricos que permanecieron inmóviles durante las últimas décadas. El retorno al origen, mucho antes de la formación de los paradigmas actuales, es el común denominador de los artículos.
 
Un ejercicio hermenéutico necesario y renovador, sin el cual no se podría dar el valor necesario a ciertos artículos, como es el caso de Tatiana Bubnova ("Bajtín traducción inversa"), en donde se plantea una revisión de la traducción de la obra de Bajtín, y que fue tan efectiva en comparación con el mensaje original. Para ello pondrá especial hincapié en el contexto en el que las ideas de Bajtín comenzaron a expandirse, específicamente en la Francia de mediados de los años sesenta, en donde la autora plantea que a raíz de las corrientes de pensamientos que surgieron en aquel momento, se prestaron cierta atención a determinadas categorías bajtinianas dejando de lado otras. Es a partir de este punto, en donde la autora planteará la traducción inversa, como un modo de recuperar lo que las traducciones anteriores obviaron.
 
El artículo de Miguel Ángel Huamán responderá a las crisis externas, mencionadas anteriormente, y sobre cuál sería el papel del crítico en los tiempos modernos. Así, para Huamán, la importancia del crítico, en estos tiempos de relativismo en donde poco o nada se hace por la comprensión, es fundamental (pese a que algunos caen en la negación generalizada que esconde tras de sí: "un autoritarismo nefasto"). Para sostener la importancia de la crítica, hará un recorrido desde los orígenes mismos de la palabra y su evolución a nivel social y artístico a lo largo de los siglos, y como esta, al verse enfrentada por la modernidad, irá perdiendo su función "social" pasando por la difusión de la escritura; de la literatura, convertida en parte de la industria del entretenimiento; hasta que, finalmente, termina refugiándose en la "jerga universitaria", alejándose del hombre cotidiano. Pese a ello, la importancia o, mejor dicho, la necesidad de la crítica, bien podría resumirse en las siguientes palabras del autor: "la función primordial del crítico literario y cultural, en medio del predominio del espectáculo y el consumismo, es alentar una perspectiva positiva de la práctica de la crítica, en todo ámbito" (Pg. 54).
 
El artículo de Roberto Gonzáles Echevarría ("Crítica Práctica / Práctica Crítica") es el artículo más sentido del compilatorio, pues en este se hace referencia a su papel como crítico cubano radicado en Estados Unidos, y el papel de los críticos latinoamericanos en dicho país a raíz de la revolución cubana y por el boom latinoamericano. El autor realiza una recopilación, a manera de evolución, de los estudios latinoamericanos en aquel país, junto a viejas añoranzas compartidas con otros críticos, como Ángel Rama y Emir Rodríguez; y cómo con el creciente interés por la literatura latinoamericana, también llegaron consigo los aspectos políticos, que no solo estaban referidos a los escritores alineados o no alineados con la revolución cubana, sino también al ámbito de los críticos, esa visión sectorial que Gonzáles se encarga de criticar constantemente.
 
La otra parte del artículo estará referida a la evolución de la crítica literaria en general, haciendo especial hincapié a lo que el autor denomina "El peor legado del estructuralismo", que fue el sometimiento de la crítica literaria a ciertas tendencias de las ciencias sociales, consecuencia del pasearse por diversas corrientes de estudio, como si se trataran de "modas" injustificadas. En este punto el autor mantiene una crítica certera contra este sometimiento, pero sobre todo contra cierto sector de la crítica literaria que se caracteriza por su afán reduccionista respecto a la literatura latinoamericana, encasillándola a temas y problemas locales; como al Inca Garcilaso a un asunto postcolonial, a Borges con los conflictos políticos de Argentina o a García Márquez con la violencia en Colombia. Para Gonzáles esta práctica convierte a la literatura latinoamericana como una "literatura menor", una "literatura de subalternos".
 
"No hay gesto más abyecto decolonizado que este. Equiparar la literatura latinoamericana al subdesarrollo o a la condición colonial o postcolonial equivale a renunciar a una de nuestras indiscutibles riquezas: la imaginación literaria y artística, que se sobrepone a todo obstáculo. Nuestro más grande poeta, Rubén Darío, surgió de la minúscula y empobrecida Nicaragua. Mi querido amigo Severo Sarduy era un mulato, chino, homosexual, de origen proletario, y no era subalterno de nadie" (Pg. 132).
 
Análogamente, los otros artículos tienen la misma actitud de reevaluar la tradición teórica, como el artículo de Antonio de Murcia Conesa, respecto a la Teoría literaria de la Romanistik; o la revisión de encuentros, entre los estudios postcoloniales y el feminismo, bajo la herramienta de la modelización, de la autora Beatriz Ferrús Antón; entre otros. Y que a partir del desarrollo del diálogo producido consecuencia de lo discutido, articulan lo que Javier acertadamente señala como fin de esta propuesta:
 
"Restos también pretende ser un libro de amor por la literatura, por la teoría literaria, por el humanismo o el demasiado humanismo. Cada uno de los artículos aquí reunidos recuperan el sentido combativo de la teoría, su resistencia al reduccionismo plantillar; su crítica de la tropología que sucumbe a las exigencias de los mercados de la interpretación. Esta compilación es muestra de sentimiento teórico y contestación beligerante frente a este tiempo de la reproductividad técnica de la teoría" (Pg. 16).

Se acabó el show 1985, el estallido del rock subterraneo

Se acabó el show
1985, el estallido del rock subterraneo
Carlos Torres Rotondo
Mutante. Lima, 2012, 294pp.
 
Se acabó el Show de Carlos Torres Rotondo es probablemente la propuesta historiográfica más ambiciosa acerca del movimiento del rock subterráneo en el Perú. La propuesta esbozada, no trata solamente de la recopilación de datos, fotografías, afiches y revistas de toda aquella movida (que de por sí ya supone un trabajo casi arqueológico), sino que, a diferencia de lo que se estila en trabajos similares, la estructura narratológica del libro no se encuentra limitada a una visión rígida, heterodiegética; sino que apela a la entrevista constante, logrando una especie de gran polifonía en donde las voces de los protagonistas parecieran habitar encuentros y desencuentros sobre aquellos años efervescentes. Pues, si algo logra aquella estructura discursiva, es que exista más de una versión sobre los hechos específicos; como la cantidad de personas que hubo en la primera presentación de Leusemia, en donde Daniel F sostiene que fueron miles, luego Leo Escoria sostenga que a lo mucho fueron cientos de personas, para que finalmente el Kimba diga que solo fueron cincuenta personas. Sin embargo, también está el otro aspecto, que es la de llenar los vacíos que existen, como quién fue el causante de que se fuera la luz en el Festirock (1984) realizado en la Concha Acústica del Parque Salazar.
 
Por otro lado, el aspecto historiográfico de la propuesta de Torres Rotondo nos sumerge en aquella movida, y nos ayuda a entender algunos aspectos del rock peruano que todavía se encuentran presentes, y que, de alguna forma, explicarían el desnivel histórico que existe con países como Argentina. Un tópico específico, sería el lenguaje. Aquel sería un elemento constante en todos los países de habla no inglesa, como fue el caso de América Latina, en donde grupos como: Los Teen Tops (México), Los gatos (Argentina), Los Saicos (Perú), comenzaron a cantar rock en castellano. Sin embargo la evolución del rock en aquellos países tomaría rutas distintas; en México el rock sería desplazado por la balada moderna; en Argentina el rock (ayudado en gran parte por restricciones políticas) seguiría su camino ya conocido; mientras que en Perú se volvería al rock en inglés hasta bien entrada la década de los 80.
 
Es precisamente la movida del rock subterráneo que vendrá a transgredir lo establecido. La influencia del punk y del hard rock fue imprescindible para fomentar la creación de los grupos. Algo importante, que también señala el libro, es que muchas de las agrupaciones que dieron inicio a la movida no tenían formación musical; en muchos casos incluso no sabían siquiera tocar, teniendo que aprender en el trayecto, por lo que una de las características principales de aquellas primeras formaciones, era la actitud con respecto a la música, a la sociedad, a lo establecido.
 
Otro aspecto importante, es que dicho movimiento conto con la afluencia de personas de todas las clases, de todos los barrios; en donde la música y los intentos por construirse un espacio fueron suficiente para derribar las barreras que los separaban. Además que dicho movimiento no solo congregó a músicos, sino también a distintos agentes de la industria cultural, como periodistas, poetas, artistas plásticos; jugando, todos ellos, un papel importante en el movimiento.
 
Es en este punto, en donde se nota el tremendo esfuerzo historiográfico de Torres Rotondo, al recopilar no solo material fotográfico de las primeras formaciones, sino también las revistas o fanzines, así como también los afiches de los conciertos. Toda aquella recopilación visual, acompañada por las entrevistas de los protagonistas de aquel segmento de tiempo, convierten al libro en un documento indispensable para acercarse al movimiento del rock subterráneo; al contexto social y político de aquella década que sirvió tanto para su nacimiento, como reguero de pólvora, como para su declive, con la llegada del terrorismo a la capital; razones por las que Se acabó el show se convierte también en un documento sobre la memoria, protagonizado en gran medida por la nostalgia, y la historia del rock peruano, que pareciera gritarnos que todavía queda mucho por decir.