lunes, 5 de noviembre de 2012

Pablo Macera a propósito de la búsqueda de una nueva clasificación de los historiadores


Mencionar a Pablo Macera, como lo dice Víctor Medina (autor del prólogo), siempre será motivo de controversia, esto debido a las opiniones provocadoras  sobre hechos coyunturales del país, pero también por su postura histórica, ya sea criticándola o proponiendo nuevos aparatos teóricos para  su desarrollo. El prólogo escrito por Víctor Medina como apertura a la edición realizada en aquel año (1987) tiene la clara intención de presentar ambos rostros del historiador, ya sea por la importancia indudable de su  trayectoria como historiador, o la de líder de opinión incomprendido en sus declaraciones. No en vano Medina hace un breve pero sustancioso recorrido intelectual de Macera y sus aportes no solo para con la historia peruana sino con su compromiso con la educación, resaltando los libros que llegó a escribir para  educación secundaria. Pero a la vez también  menciona alguna de sus frases más provocadoras, al sostener que el Perú es un país abortivo, haciendo una clara alusión directa  a la ingenuidad de la sociedad peruana, a los largo de sus fracasos históricos, ya sea en la búsqueda de la idea de nación, en la caricaturización de la burguesía peruana, o  en la ingenuidad de los socialistas peruanos que esperaban que la revolución viniera de afuera.
            Y si bien es cierto que esa parte de la vida de Macera es discutible, creo que es importante mencionarla para el capítulo desarrollado, ya que como diría Medina: ”Si Macera no hubiera sido historiador, hubiera sido un buen poeta” bien podríamos agregarle, con las libertades del caso: también hubiese sido un buen periodista de espectáculos.  
             Esto último  bien podría ser tomado como una ofensa para cualquier historiador o seguidor de Macera, pero lo cierto es que Macera desarrolla una visión controvertida, provocadora y biográfica, con ciertos tintes faranduleros (no vistos por aquel entonces) sobre la clasificación de los historiadores y el papel que los historiadores juegan en la sociedad.
            Pero vayamos con calma. En el prólogo Medina coloca una cita hecha por Macera que creemos de importancia para  abordar el capitulo en si. En dicha cita Macera reclama el papel de los jóvenes historiadores que se alejan del positivismo por nuevas técnicas “mágicas” que desde su punto de vista, no están a la altura de la tradición historiográfica:
Ya es tiempo que los historiadores nos demos cuenta cómo vamos tonta y servilmente sustituyendo el positivismo elemental, descriptivo y funcionalista de la vieja historiografía, por nuevas formulas mágicas que vistas de cerca nada dicen o dicen demasiado.
p. 39. Tomo IV,
            Bien podría tratarse de una crítica por la que por aquel entonces, era la llegada de una incipiente postmodernidad estableciéndose de a poco en los intelectuales en el Perú. Hay que tener en cuenta que Macera habla de científicos sociales al referirse a los historiadores, y que si bien tiene elogios, estos son reservados con respecto al Marxismo ya que considera  a la historia como uno de los discursos hegemónicos dentro de la sociedad. Este punto es importante, porque en el capitulo desarrollado por Macera titulado: “Explicaciones” intentará catalogar la evolución de la historia peruana, mencionando los logros, pero también sus taras y fracasos, pero en especial intentará vislumbrar a la clase de historiadores  peruanos que  han existido.
            Macera inicia el capítulo con una breve reflexión personal sobre el papel del historiador dentro de la sociedad. Tomará su caso e iniciará una breve reseña biográfica sobre lo que él considera sus logros y fracasos como historiador; desde su etapa como estudiante, su primer libro publicado, su viaje a Francia donde hará especial hincapié en las técnicas aprendidas, antes que en las nuevas tendencias desarrolladas allá. Esto le servirá como excusa para plantear de manera colectiva, el papel del historiador peruano, y cómo éste ha ido evolucionando según el paso de los años.
            Para abordar aquella inquietud desarrollará a lo largo del capítulo dos ideas: La primera que es el papel de la universidad en la formación de historiadores, y la segunda es la división (entiéndase como categorización) de los historiadores a lo largo de los años.
             Con respecto a la universidad, Macera hará una breve reseña histórica del papel que cumplió y que sigue cumpliendo la universidad en la sociedad. Mencionará la evolución significativa que sufrió la universidad Mayor de San Marcos, desde su elitismo aristocrático, la llegada de  las clases medias, para finalizar en la apertura hacia las clases populares. Macera sostendrá que el papel de la universidad en la sociedad peruana es importante, ya que desde ella se puede criticar a los gobiernos de turno, pero a la vez sostendrá que la universidad no solo peligrará por los gobiernos autoritarios, sino por el procerismo político:
La enfermedad más grave y perniciosa en los medios universitarios es lo que llamaría el procerismo. Todo profesor universitario de cierto mérito, que haya roto las primeras barreras del prestigio, corre el peligro de convertirse en una estatua de yeso.   
p. XIII
            El propio Macera sostendrá que en algún momento aquella opción le fue una tentación (entiéndase que éste capítulo fue escrito en el 1976), sin embargo el tema de la universidad servirá como elemento para desarrollar la segunda idea, que es la clasificación de los historiadores peruanos.
            Macera abordará aquella idea criticando la división de historiadores por medio de las generaciones como él mismo señalaría en sus cartas con Ribeyro “degeneraciones”. Para Macera aquella división no corresponde a una correcta clasificación del pensamiento de muchos de estos historiadores, por lo que él considera que la mejor opción para clasificarlos, sería por medio de las clases sociales a los cuales pertenecieron, aludiendo que aquella división, ayudaría a entender mejor las ideas desarrolladas por los historiadores, por lo que no debería de extrañarnos, que de pronto un historiador de fines del siglo XIX perteneciente a la aristocracia limeña, tenga posturas compartidas, con un historiador del siglo XX al abordar como tema: la economía de la colonia española en el siglo XVIII. Aquella postura controvertida, el cual el propio Macera considera problemática, pues dicha clasificación ya no solo tomaría como referencia los trabajos publicados, sino los datos autobiográficos y lo más importantes, en más de un caso, los devenires económicos de las familias.
Pretendemos explicar el desarrollo historiográfico más reciente de acuerdo al desarrollo global de su sociedad y en particular de sus clases… En otras palabras la generación es la clase social –o fracción de clase- en un momento de su desarrollo y tal como actúa al nivel ideológico.
p. XVII
            Es desde este punto donde Macera se enfrentará al problema de saber quien pertenece a que clase y quien no. Desde su perspectiva    éste sería uno de los problemas más grandes para su postura, pues no bastaría con leer el apellido  de familia y buscar en los registros en que colegio estudió o que viajes realizó y como fue que los realizó (autofinanciados o por medio de becas obtenidas) enfrentándose  al problema de identificación de clases y a un problema mayor, que es la camaleonización de clases, que son aquellos que aparentan ser de una clase a la cual no pertenecen. Sin embargo, es en este punto, donde Macera toma una categoría que es el desclasamiento que intenta explicar dicha camaleonización de clases.
El desclasado pertenece de algún modo a su clase originaria y nunca llega a identificarse del todo con la clase que elige a nivel de su comportamiento ideológico-político o al más general de su expectativa económico-social no realizada.
p. XIX
            Sin embargo  y pese a los esfuerzos de Macera por querer profundizar en su búsqueda de una nueva categorización de los historiadores, se perderá en singularidades autobiográficas de historiadores de finales del siglo XIX, inicios del siglo XX, contemporáneos suyos y finalmente en los historiadores jóvenes. Todo aquello lo desarrollará  con cierto tono irónico al referirse a las pugnas generacionales de historiadores, en lo que personalmente me tomo la libertad de llamar: depredación histórica.  Además criticará la evolución de la historiografía peruana, sobre todo a las instituciones extranjeras que se atribuyen los reconocimientos, que según Macera, en este país se les expropian a los historiadores peruanos.  Es así como criticará la falta de documentación en el Perú y la urgencia por una escuela nacional de archiveros, el papel servil que hace gala la arqueología peruana, el papel “esquizofrénico” de la etnohistoria, pero sobre todo la urgencia de una institución histórica andina.
            A manera de  conclusión Macera considerará, que pese a que la historiografía está pasando por una gran renovación, es el individualismo histórico la tara más grande de la historiografía peruana: “Es hora por lo pronto de no mirarnos como si fuésemos los austriacos de América del sur y que no sigamos soñando en los imperios que fuimos” (p. LXXIII).  O tal vez, sin que Macera se diese cuenta, estaba siendo testigo del ocaso de la historia como el discurso hegemónico  para comprender la sociedad.
           

           


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