martes, 28 de agosto de 2012

El soundtrack de la semana

miércoles, 22 de agosto de 2012

Tuareg o la occidentalización del mundo musulmán

 
Algo que caracteriza a los best-seller, al menos a los que suelen llevar el rótulo, es que suelen ser de lectura ligera y vienen siempre acompañados por una especie de tufillo de falta de calidad. Los ejemplos, son innumerables  pero también es cierto que no todos los éxitos de ventas son malos, así como tampoco no todos los éxitos de ventas suelen ser acompañados por aquellas dos palabras (hasta el momento no he visto ninguna edición del Quijote acompañado por ese término).  Sin embargo también es cierto que no todos los best-seller suelen ser malo, he conocido algunos bastantes buenos, como otros que han sido un verdadero fiasco, y cuya lectura terminé por ese extraño orgullo que significa que los libros no se te caigan de las manos.  Fue así, que luego de explorar libreros viejos, llegó a mis manos una novela de Alberto Vázquez Figueroa, uno de los autores españoles más exitosos en ventas, y cuyas novelas han sido llevadas constantemente a la pantalla grande.
            Tuareg, es probablemente una de sus novelas más exitosas, cuya lectura seguí con sumo detenimiento, por tocar un tema que últimamente me ha venido interesando, que es la cultura musulmana. Sin embargo, he de admitir que el inicial interés diegético fue decayendo, transformándose en una lectura de tachas, de apuntes en los márgenes, al mismo estilo de las lecturas que tuve que realizar en el curso de moderna hace algunos años en la universidad. ¿El motivo? Pues no pude evitar detectar una visión sesgada con respecto a Gacel Sayah[1] y por lo tanto a la cultura Tuareg y musulmana.
            La historia, a grandes rasgos gira en torno a Gacel Sayah, un Tuareg nómada que al no ver respetado la  ley de hospitalidad del desierto, decide emprender una venganza para poder ver resulta la afrenta a la cual fue sometido. De esa manera abandonará a su familia, su caravana, para adentrarse en un mundo muy  distinto, en donde pareciera que ya existe  lugar para las costumbres milenarias.
            Lo curioso, es que no se pude negar que Vázquez Figueroa conozca la cultura musulmana, y en especial la de los Tuareg, pues su vida misma da fe de ello,  quizás por eso mismo al inicio del libro hay una clara intención de dar a entender, que no solo conoce la geografía del Sahara sino también a los Tuareg; es así como se describe no solo las leyendas sobre su origen, sino parte de su historia, la lucha que emprendieron contra la ocupación francesa, sus estilos de caza, el abandono del desierto por la ciudad, su estructura social, hasta  las historias del desierto.  Y es precisamente que luego de explicar la cultura de los Tuareg, que la historia se desemboca en el desconocimiento o la falta de respeto por las costumbres del desierto. Ubicando al protagonista en la dicotomía de  civilización y barbarie, al menos eso parece en un inicio. Lo curioso, es que la civilización parece alejarse del egocentrismo europeo, pues los franceses[2] se marcharon varios años atrás, para pasar a centrarse en las jóvenes repúblicas recientemente independizadas.
            Hasta ese punto todo bien, el problema radica en que la cultura, las costumbres del desierto, la idiosincrasia Tuareg, se van diluyendo al punto de convertirse en caricaturas de los mismos, o en un término más adecuado: “exótico”.  Queda claro que Vázquez Figueroa no es el primer escritor europeo, y mucho menos el último que tendrá una visión exótica  con respecto al Otro. Basta con recordar al Cándido de Voltaire o  Los asesinos: una secta islámica radical de Bernard Lewis  por mencionar solo a unos cuantos. Pero   Vázquez Figueroa a diferencia del primero, no desconoce la geografía ni las costumbres, sino que su visión sesgada está más vinculada con la de Bernard Lewis[3] es decir: por su formación europea.
            Es de esa forma que el tiempo en que se desarrolla la historia de Gacel, no queda clara con exactitud, pues solo se sabe que los franceses ya se marcharon y que se encuentran en el lapso entre la primera y la segunda guerra mundial[4]. Gacel quien se considera el último Tuareg legítimo, y que por su vida nómada en el desierto, desconoce todos los grandes cambios que han  ocurrido, se convierte en el medio por el cual se enfrentaran la tradición contra la modernidad. El problema radica fundamentalmente, en que las nuevas “republicas” sospechosamente altamente militarizadas parecieran estar envueltas en conflictos más relacionados a la décadas de los sesenta y setenta. Es así  como nos encontramos con el gobernador Hassán-ben-Koufra, que pregona un discurso mucho más occidental y moderno que  Muhammad Alí[5]:
Hay cosas que tienen que estar por encima de la moral burguesa y ésta es una de ella…ésas no son cosas que puedan decirse en público, cuando parte de esos nómadas están escuchando y el mundo tiene los ojos puestos en nuestra evolución como país independiente… los norteamericanos, por ejemplo, se convirtieron en grandes defensores de los derechos humanos en el mismo momento en que acabaron con los derechos de sus indios. (p. 187)
            No es gratuito que Vázquez Figueroa utilice el nombre de Hassán[6] para representar a un personaje pragmático y sin escrúpulos, ya que otros escritores como Amin Maalouf[7] lo utilizaron para dar el mismo efecto deseado. Con la excepción de que Hassán-ben-Koufra lleva el pragmatismo a cuentas en suiza y a una concepción extraña de nación musulmana, que tranquilamente podría ser cualquier nación latinoamericana.
Una nación reciente independizada, que necesita poner en explotación todas sus riquezas y deshacerse del pesado lastre de una carga humana irrecuperable… Nosotros les daremos al menos la oportunidad de integrarse a la vida común. No los aniquilaremos a tiros, ni los encarcelaremos en “Reservas”… (p. 187)
            De esa manera nos encontraremos frente a una nación en búsqueda de modernidad, que hará lo que pueda para que la reciente nación no caiga en la guerra civil. En donde Abdul-el-Kebir será la esperanza y la causa de la venganza, con el ministro Alí Mandani que es el poder detrás de las sombras, con el sargento Malik-el-Haideri que representa lo peor que dejó la ocupación europea, y el teniente Razmán quien representara al hombre movilizado por sus ideales y por respeto por los Tuareg y demás tribus del desierto. Una formula ganadora para que el protagonista navegue entre aquellos polos para lograr identificarse con el mismo y por su causa. O eso sucediese, si muchos de sus enfrentamientos con la modernidad, no parecieran sobre expuestos para dejar en claro la eficacia o ineficacia de un punto de vista, como la charla que tiene Gacel con Abdul-el-Kebir sobre los sistemas políticos y en donde luego de una breve descripción sobre los mismos,  terminan concluyendo con un Gacel aceptado ser fascista y con un Abdul-el-Kebir reprimiéndolo por el desconocimiento. En ese punto nos encontramos una vez más con el viejo reproche del hombre civilizado que discute con un niño, y que en esa inocencia se encuentra resuelto el gran misterio civilizador que los civilizados no pudieron encontrar.
Ejemplos como esos se encuentran plagados a lo largo del libro. Al punto  que la religión y la cultura musulmana, tan bien descrita al inicio de la historia parece esfumarse, para solo volver a reaparecer en una exclamación, al inicio de un diálogo intrascendente, y que solo estará limitada a: “Alá” y en donde lo exótico cobra matices exageradas (pero recurrentes) como es el caso del encuentro de Gacel con la “Gran caravana” mismo Cándido y su llegada al “Dorado” siguiendo casi los mismos pasos, pudiendo así intercambiar papeles, sin llegar a diferenciar el uno del otro. Con el desierto Sahara como telón de fondo, pero que tranquilamente podría tratarse de la pampa Argentina o de la geografía agreste de tierras Vascas,  pues pese a los intentos iniciales y a una que otra historia del desierto[8] el libro carece de personalidad propia o al menos, de la intencionalidad que Vázquez Figueroa, plantea en las primeras páginas; con un Gacel Sayah que guarda más relación con  Rambo  que con algún personaje de las mil y una noches, y cuyo éxito para ser llevado a la pantalla grande, no debería de extrañar demasiado, pues pareciera que Gacel hubiera saltado de las mismas, para caer en este éxito de ventas. Con un final predecible, y que en vez de lograr conmocionarnos (por la fatalidad) termina por arrancarnos una sonrisa, en una especie de justicia kármica que logra convencer del todo.
En fin, un libro con una historia ágil, pese al volumen, y que pese a su éxito, termina cayendo, al menos desde mi modesto punto de vista, en una visión sesgada con respecto al Otro, y  cuya intención por darle verosimilitud a su historia, termina tropezando con lo exótico, con taras “hegemónicas” y con cierto desprecio (no intencional) por el mundo musulmán.
           
 
 
  
             
           
 


[1] El protagonista de la novela
 
[2] A los cuales los Tuareg combatieron incesantemente.
[3] Con la distancia clara de los prejuicios de Lewis.
[4] Esto debido a los autos y aviones que aparecen en el libro.
[5] Virrey de Egipto quien consideró que la única forma de alcanzar a Europa era imitarla.
[6] Nombre tomado de Hasan ibn Sabbah el fundador de la secta de los hashshashín.
[7] León el africano.
[8] Que son muy pocas.

viernes, 3 de agosto de 2012

El soundtrack de la semana