miércoles, 13 de octubre de 2010

El Vino triste (Cesare Pavese)

Lo genial de Pavese, es que escribió varios poemas bajo un mismo título, pero con la caracteristica, que dichos poemas seguian tocando un mismo tema, o abordaban una continuidad marcable, como es en este caso:



El vino triste
Cada vez que me siento en el rincón de una fonda
a tomar mi grapita, no falta el pederasta
o los niños que gritan, el desempleado
o una bella muchacha que va por la calle
y todos me rompen el hilo del humo. «Así es, jovencito,
se lo digo en serio, trabajo en Lucento».
Y la voz, aquella voz angustiada del viejo
cuarentón –no lo sé– que me apretaba la mano
una noche de frío, y después me acompañó
hasta mi casa; jamás olvidaré mientras viva
ese tono de vieja corneta.
No me hablaba del vino; conversaba conmigo
porque yo había estudiado y fumaba la pipa.
«Y el que fuma la pipa», exclamaba temblando,
«nunca puede ser falso». Asentí con un gesto.
Ya de vuelta encontré muchachas más francas, más sanas,
con las piernas desnudas –yo tenía ya meses de ayuno–
y me casé solamente porque estaba embriagado
de su frescura; era un amor senil.
Me casé con la más musculosa, la más impertinente,
para sentir de nuevo la vida, para dejar de morir
detrás de un escritorio, en oficinas llenas de extraños.
Pero Nella fue para mí una extraña, y un cadete aviador
que la viera una vez le puso las manos encima.
Ya murió el canalla –aquel pobre muchacho–
al caerse su avión –no fui yo el canalla–.
Mi Nella tiene un niño –no sé si es hijo mío–;
es mujer de su casa y yo soy ahí un extraño
que no se atreve a hablar ni sabe alegrarla.
Tampoco habla ella, solamente me mira.
Lo curioso es que el hombre lloraba al contarlo,
como llora un borracho, con todo su cuerpo,
y, cayéndoseme encima, agregaba: «Entre nosotros
siempre habrá respeto», y yo, tiritando de frío,
intentaba alejarme tendiéndole la mano.
Da gusto chiquitear la grapita; otra cosa es
escuchar desahogos de un viejo impotente
que volvió de la guerra y nos pide perdón.
¿Pero qué satisfacciones tengo yo en la vida?
En serio se lo digo, trabajo en Lucento.
¿Pero qué satisfacciones tengo yo en la vida?



El VINO TRISTE
Lo fatigoso es sentarse sin hacerse notar.
Después todo lo demás viene solo.Tres tragos
y regresa el deseo de pensar a solas.
Se abre de par en par un fondo de lejanos zumbidos.
las cosas se dispersan, y es un milagro
haber nacido y mirar el vaso. El trabajo
( al hombre sólo le es imposible no pensar en el trabajo)
es otra vez el antiguo destino bello de sufrir
para poder pensar en él. Después los ojos se clavan
en el espacio, adoloridos, como si fuesen ciegos.
__________________
Si este hombre se levanta y va a casa a dormir,
parece un ciego que ha extraviado el camino. Cualquiera
puede desembocar por una esquina y machacarlo a golpes.
Puede desembocar una mujer y tenderse en la calle,
joven y bella, debajo de otro hombre, gimiendo,
como en otro tiempo una mujer gemía con él.
Pero este hombre no ve. Va a casa a dormir
Y la vida no es más que un zumbido de silencio.
__________________
Desvestido, en este hombre se hallan miembros consumidos
y un vello brutal, aquí y allá ¿Quién diría
que en este hombre transcurren tibias venas
en las que alguna vez quemó la vida? Nadie
creería que en un tiempo una mujer acaricio ese
cuerpo, y besó ese cuerpo, que tiembla,
y bañado en lágrimas,llegado ya el hombre
a su casa para dormir, no lo logra, sino que gime.

lunes, 11 de octubre de 2010

¡Grande Vargitas!


Una de las cosas que parecían que jamás iban a ocurrir, hace algunos días sucedió. Es obvio que me estoy refiriendo al Nobel de literatura otorgado a Mario Vargas Llosa. Y digo que parecía que jamás iba a suceder, porque desde la primera vez que oí que Vargas Llosa estaba nominado para el premio, fue un sin cesar de decepciones al no oír el nombre que tanto esperaba. Quizás por eso, la entrega del premio Nobel ya no me motivaba mayor preocupación, hasta que llegó esa madrugada, cuando ya me encontraba a punto de dormir la mona, que llegó su nombre, y junto a él, cada una de las once novelas que llevo leyendo sobre él, cada uno de los asombros que me provocaba una mentada de madre, cada uno de sus personajes, con los cuales jamás pude reconocerme, aquel único final poético que le he descubierto en sus novelas, todo ello llegó con una infinita alegría que iba más allá de que si es o no es peruano, más allá de las innumerables mezquindades que surgen de personas que jamás han leído un puto libro de él, mucho más allá de las supuestas críticas de los que no saben, pero sobre todo de los que dicen saber.
Y aunque sumarse a esta celebración, que de hecho lo es, sea trillado y muy peculiar en los peruanos, creo que significa algo mucho más especial, para todos aquellos que nos hemos amanecido leyendo alguno de sus libros, para aquellos que nos pasamos, más de una vez del paradero de nuestra casa, en fin, para todos aquellos que hemos aprendido a quererlo, y que ahora más que nunca, vale la pena decirle a los cuatros vientos: ¡Grande Vargitas!
¡